.Me inclino tembloroso a la caja y ahí está:
mi abuelo tieso como un palo. Quieto y feliz
como él solo, como si supiera que madre ha
cumplido la petición de su última voluntad, y
luce frío, vestido de corinto y oro.
El asombro en el velatorio es general y se suceden
los pésames entre comentarios sobre lo guapetón que
está, lo valiente que fue. “Acércate, mírale, si parece
dormido”. Justina no suelta el pañuelo, y una vez más le
ha estirado la chaquetilla que parece quedarle algo
pequeña, después ha dejado entre sus manos una amarillenta
estampa de la Virgen de las Cumbres.
Al otro lado de la sala las mujeres han hecho un
corro, se informan unas a otras del trágico final y todos
sus misterios. –¡A sus años!, ¿cómo se le ocurre ponerse
delante de un bicho de esos? –Mujer, lo llevaba en la
sangre, murió como quiso, de una gran corná...
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